“Esta
es La Historia de Mi Barrio de 1987”
Llegué a mi
barrio a la edad de 7 años. En este habían pinos, nacimiento de agua, muy pocas
casas, muy aisladas las unas de las otras. La poca gente que había, sobrevivían
de los nacimientos de agua. Después de algún tiempo, fueron llegando más
habitantes, pero como el gobierno no permitía invadir estos terrenos, la gente
no construía en madera, sólo en plástico. Por este motivo, llegaba la ley en
cualquier momento; sacaban a niños y adultos y les echaban fuego a sus humildes
viviendas. Pero al poco tiempo, la gente fue poblando y conformando un barrio, lamentablemente
sin recursos. Y tras de que no habían recursos, habían niños con desnutrición
por falta de alimento. Tras de que morían día tras día, empezó la violencia y
se formó la primera banda que la gente llamaba “Los Roqueros”. Cuando llegó
esta banda, la gente se llenó de temor porque se entraban a las casas y
violaban a las muchachas, e incluso a veces a sus madres. Luego se formó otra
banda, prometiendo limpiar el barrio, y lo que prometieron salió siendo cierto.
Limpiaron el barrio y sólo quedaron ellos, pero tanta dicha duró poco, porque
al poco tiempo se fueron formando varias bandas. Incluso en ese tiempo llegó un
liberal llamado Isaac Gaviria, llegó prometiendo ayudas e incluso, prometió
agua potable. De eso, fue un hecho construirse el tanque por colaboración de
las mismas personas del barrio, que decían llamarse Isaac Gaviria, pero la
dicha duró poco tiempo, porque los niños que decían ser los niños de mañana,
tenían pensamientos oscuros, porque ellos se volvieron la ley del barrio. Pero
lamentablemente, al poco tiempo, todos perecieron y sus madres, en el dolor y
la angustia se resignaron, tuvieron que comenzar una vida nueva, mas sin
embargo, seguimos luchando para tener una mejor vida y esto nos sirvió de
experiencia para muchos jóvenes y que todo lo que brilla no es oro.
FIN
Autora: Sandra Liliana Ardila Cano.
“Madre Angustiada”
Era un día martes, tres de la tarde del mes de octubre
del año 2007. Cuando empezó nuevamente la angustia para la madre, al saber que
su hija, la única de cuatro hijos que eran y con tan solo trece años de edad,
se había ido del colegio donde estudia en el grado séptimo. Crecía la angustia
de aquella madre porque llegaba la noche y no se sabía nada de ella. Creció la angustia,
aún más y la tristeza al darse cuenta al otro día, que su hija se había escapado
con un muchacho que era reinsertado, y mucho mayor de edad, que hacía unos
pocos meses lo conocía en la cuadra y que no se le veía ningún futuro.
¿Por qué digo nuevamente en ese mes? Porque en ese mes
de octubre, era el mes de cumpleaños de ella y de su hijo mayor que un día,
cuando tenía 19 años, salió del campo al pueblo a trabajar y buscar un mejor
futuro para él, porque era su sueño desde muy pequeño. Quería ser mecánico. A
la edad de 20 años, le tocó salir del pueblo donde trabajaba, por amenazas de
la guerrilla. Se fue para donde vivían sus tíos y abuela, a otro departamento.
Pasaba el tiempo y se comunicaba por celular con su hijo y así pasó un año. En
ese año, sus padres y sus hermanos también les tocó abandonar la finca y salir
a la capital, por amenazas contra su padre. Unos pocos días se estuvieron
comunicando, hasta que un día que llamaron no respondió nadie. Estas llamadas
se hicieron por varios meses, sin obtener respuesta alguna. Desde ese momento
no volvió a escuchar la voz de su hijo. Era el mes de abril, la embargaba una
inmensa tristeza y angustia, llanto, al no poder saber nada de su hijo. Su
esposo le decía: “No se angustie que él debe estar bien”. Pero las madres,
tiene un instinto hacia sus hijos, presentimos las cosas malas que le pueden
estar pasando. No se sentía tranquila, a pesar del consuelo que le daba su
esposo y su madre. Su madre, que también estaba al lado de ella, en una silla
sin poder caminar, le decía: “Pidamos a Dios que nos dé paciencia, que sólo él puede
saber dónde está mi nieto”. Aquella madre estaba en una silla de ruedas sin
poder caminar, porque un año atrás también había perdido a su hijo y esto le
había causado esta discapacidad y esto debido a la guerra. Era tanta la
angustia de aquella madre por su hijo, que insistía llamando y nadie
contestaba, hasta que le dijo a su esposo: -“Como yo trabajo y no puedo ir a
Telecom, donde existen los directorio telefónicos de cada Departamento, vaya y
averigüe el teléfono de ese pueblo donde vive su mamá y sus hermanos y pregunto
por él”-. En ese entonces era el mes de julio. Ese día él se fue y cuando al
regresar del trabajo, lo encontró agachado, triste, que no quiso ni mirar
cuando le hablé. Al entrar a la cocina, encontré toda la comida que le había
dejado preparada. Le dijo: -“¿por qué no ha comido?”-no respondieron, tan sólo
una sobrina se acercó y le dijo: -“Ellos no han comido porque porque…”. Le
dijo: -“dígame ¿por qué?”- En ese momento, su madre, sentada en esa silla, dijo
-“hija, hay que tener mucha paciencia,
porque son dos nietos que pierdo”. En ese instante se acercó el esposo y el
hijo menor y se pusieron a llorar sobre sus hombros. Ese día confirmé que mis
tristezas, angustias que sentía, no eran más que la pérdida de mi hijo, que un
día salió de la casa y que ahora estaba muerto. Ella dice -“El señor me dio
tanta paciencia que no derramé ninguna lágrima y pude consolar a mi esposo e
hijo”-, y más que todo al hijo que en medio del dolor no pensaba sino en vengar
la muerte de su hermano. Cuando su esposo pudo calmarse de este dolor tan
grande, le pregunté: -“Y, ¿quién lo mató?”-, dijo: -“No sé, cuando llamé me
contestaron y pregunté por él, me dijeron que era muerto”-, quedé sin palabras.
Entonces la madre dijo: -“Yo tengo que saber cómo fue su muerte”-. Al llamar,
me di cuenta que hacía cinco meses lo habían sacado de la casa de la abuela y
lejos de allí lo habían matado, y que un tío lo había mirado medio enterrado y
lo había acabado de tapar en ese lugar que lo mataron. En ese momento ya éramos
desplazados, no tenía cómo viajar a ese Departamento; pedí ayuda a la Cruz Roja
Internacional para poder viajar a ese lugar, sepultarlo en un cementerio y no
dejarlo en el lugar donde lo habían dejado medio enterrado”, ella dice: -Por
eso digo que es triste ese mes para mí-, al ver que su hijo y su hija ya no
están, se han ido de su casa. Su hijo nunca más lo volvió a ver, su hija ahora
volvió, tiene 14 años y tiene una hija de ocho meses. De su hijo queda
solamente un vacío en su corazón, un vacío que sólo con la muerte se acabará. Así
como aquella madre, muchas madres más están sufriendo por sus hijos que hoy
están secuestrados, sin cometer ningún delito, solamente por servir a la
patria. ¡Qué injusticia! ¡Qué dolor! Por la que tenemos que pasar las madres,
¿a causa de qué? De la violencia que hay.
Fin
Autora: Adelinda Babú
“Pobre Palcatre”
Un día, un señor llamado Palcatre, apareció en el
barrio. Venía de un pueblo desplazado por la violencia. Era un señor joven,
tenía aproximadamente 30 años. Su esposa era más joven que él, apenas tenía 19
años. Tenían un solo hijo. Ellos nunca habían venido a la ciudad, a ellos les
decían que la ciudad era una elegancia para vivir, pero al llegar a la ciudad,
vio todo lo contrario. Llegar a este barrio fue desastroso para él. Sabiendo
que había dejado su finca, sus animales y sus cultivos, aquí le tocaba aguantar
demasiada hambre, el sufrimiento era constante, no podía ni bañarse porque el
agua bajaba puro lodo, el agua que corría era por puras cañerías y por los
caminos no había alcantarillados. Todo lo que echaban de las casas de arriba,
lo veía uno bajar por los frentes de las casas. Los caminos eran puro pantano,
el transporte era pésimo y ni qué decir de la violencia que allí se estaba
presentando; todos los días eran chulos por todos los lados, las balaceras eran
a cualquier hora del día.
Él salió un día a conseguir trabajo, pero no lo logró.
Llegó a donde su esposa Ruperta y le dijo: “Mija, ahora sí nos jodimos, no
tengo plata, no tengo trabajo, ¿qué vamos a hacer?”. Su esposa le dice: -“mira
Palcatre, a mi me dicen que en la Minorista regalan cosas. ¿Por qué no vas
mañana y te convencés?”- Palcatre le hizo caso a Ruperta. Se fue para la
minorista a que le regalaran cosas, pero al llegar allá, era todo tímido y
nadie le dijo nada, únicamente en unos camiones que estaban descargando papas
dejaron regar un poco y él siempre logró recoger unos cuantos kilos. Se vino
todo contento para la casa porque al menos traía papas para comer, pero cuando
venía subiendo a la casa, se formó una balacera, el cual a Palcatre le tocó
correr y dejar sus papas tiradas. Cuando se acabó la balacera volvió a buscar
las papas, ya se las habían llevado. Todo desesperado, no sabía qué hacer. A
Ruperta ya la notaba toda rara, ya no era tan cariñosa con él.
Un día cualquiera, amanecieron sin agua. Le dice el
fontanero que si lo acompañaba para arreglar el agua y él subió de una con el
fontanero. Cuando llegaron más arriba del tanque, encontraron algo horrible:
habían matado a un señor y lo habían tirado a la zanja por donde bajaba el agua
y ya estaba todo podrido, ya hacía varios días que lo habían matado. Al ver
todo esto, Palcatre no sabía qué hacer, lo agarró el desespero más fuerte
porque no sabían qué partes del cuerpo del occiso se habían tomado o comido.
“Qué horrible es esto”, dice Palcatre, “con qué alientos voy a seguir tomando
esa agua”. Por muy horrible que haya sido, no tenía otro camino que seguir en
el barrio.
Él tenía un hermano que hacía un año se había venido
para la ciudad, sin tener ninguna pista de él. Palcatre era un hombre muy
recursivo, al verse sin un peso, le dio por irse para arriba, para la montaña a
cortar madera para vender, pues él creía que era la solución, ya que en el
barrio estaban construyendo varias casas de madera, pero a la gente le daba
miedo subir por allá. El se arriesgó. Cuando iba por allá, bastante arriba, se
encontró con unos encapuchados. Él al verse sólo entre ellos bien armados, se
puso en un solo temblor. Él pensó por dentro: “hasta aquí llegué”. Le hacían
preguntas y él no contestaba nada, le dijeron que los siguiera. Al caminar unos
cinco minutos, le preguntaron de nuevo: “¿Para dónde vas?”, él responde:
“iba…”, “¿De dónde vienes?”: “venía…”, “¿Cómo te llamas?”: “me llamaba…”. Ellos
se echaron a reír y le dijeron date la vuelta. Él se volteó y cerró sus ojos
esperando un disparo y volvió a escuchar que le dijeron: “Míranos de nuevo”, él
volvió a dar la vuelta para mirarlos, cuando ya estaban descubiertos la cara.
Era su hermano con unos amigos que se apodaban “Milicianos”. Se abrazaron y
paso a paso le iban dando ánimo para que a él se le pasara el susto.Los invitó
para la casa, al hermano y a dos amigos más que lo acompañaban. Llegaron a la
casa, les presentó la esposa y ellos se quedaron en esa casa. Ya ellos aportaban
para todos los gastos de la casa. A él le tocó aceptar a esos jóvenes allá,
pero un día cualquiera llegaron con la noticia que habían matado el hermano de
Palcatre. Palcatre ya le tocaba aguantárselos a ellos, porque le daba miedo
decirles que se fueran. A Palcatre le tocaba aguantarse que ellos tiraran vicio
delante de él, ver entrar y salir armas de su propia casa, mirar dónde se
escondían todo el armamento y el vicio. Uno de ellos le dijeron a Palcatre que
por qué no se metía a esa organización, que no le hacía falta nada, que ganaba
buena plata, que mujeres las que él quisiera, que no lo pensara tanto. Él lo
pensó un momento y le dijo que de qué se trataba, o sea, que a él qué le tocaba
hacer, responde el muchacho: “Vigilar el barrio, que no se entren los ladrones
y nosotros cobramos por la cuidada”. Él salió un rato a andar el barrio, llegó
a una tiendita, vio una anciana que era la dueña del negocio. Sólo tenía cuatro
panes colgando. Una señora que le pedía un huevo y respondía que cuántas peras.
Esa señora era sorda. Palcatre se arrepintió y no quiso aceptar la oferta,
mejor se fue a buscar trabajo en otro oficio.
Palcatre consiguió un trabajo. Llevaba 15 días
trabajando, cuando por llegar tarde al trabajo, lo devolvieron. Él se devolvió
para la casa, cuando llegó a la casa, Ruperta estaba durmiendo con el otro, o
sea, Palcatre aclara que los dos muchachos que él había invitado para la casa
con su hermano, se le estaban durmiendo la mujer. Palcatre no podía hacer ni
decir nada, se sentía temeroso. Quién les iba a decir algo, bien matones y bien
viciosos. A Palcatre le tocaba aguantarse todo eso y al mismo tiempo se
preguntaba: “¿será que me han hechizado? No lo creo, esto algún día tiene que
cambiar.”
Un día, ve Palcatre cómo corría la gente para el Plan,
no sabía qué estaba pasando, de pronto llegó alguien y le dijo: “En el Plan
tienen una virgen que se les apareció en el morro a los milicianos y derrama
lágrimas de sangre”. Palcatre no prestó atención, cuando vio que subía gente de
todos los barrios a mirar. Él se asomó, lo primero que él observó es un
miliciano recolectando plata que porque era una virgen milagrosa. Ve una señora
arrodillada, dándole besos a la virgen y dio una buena suma de dinero. Se
acercó a la virgen a ver el misterio, no pudo ver ningunas lágrimas. Él dice:
“las únicas lágrimas que vi y sentí, fueron las mías de ver la manera como
robaban a la gente. Qué astucia, me sorprendí.” Era la primera vez que veía
robar la gente tan de frente. Se devolvió para la casa, vuelve y encuentra a su
mujer, ya no era con uno de esos amantes, era con un bareto en la boca. Ya
Ruperta consumía drogas y el niño viendo todo lo que sucedía. Qué tragedia
estaba viviendo Palcatre. Permanecía por la calle todo el tiempo para no tener
ningún disgusto con esos muchachos.
Un día, Ruperta dijo que ella mejor se iba y lo
cumplió. No tardó mucho en irse, “me toca quedarme sólo con mis rivales
conyugales” dice Palcatre. Un día vio que escondían un poco de droga en un
rastrojo. Cuando ellos se fueron, Palcatre fue y le cambió de sitio. Ellos no
se atrevían a sacarla porque la policía estaba subiendo muy seguido. Los
muchachos desaparecieron por tres días, cuando llegaron, eran con unos fajos de
billetes humillándolo y el planeó cómo vengarse de todo lo que le habían hecho.
Convidó a Brígido, uno de los muchachos que vivían con él, a tomarse un
aguardiente. Brígido aceptó. Se fueron para Llanadas. Cuando ya Brígido estaba
prendo, llega Palcatre y lo convida para la casa. Llegan a la casa y Brígido
sale a buscar la droga que habían escondido, pero no la encontró. Nunca
sospechó que era Palcatre que se la había robado. Dice Brígido: “Hoy que sí
tengo plata, ganas de güeler, no encuentro. Qué voy a hacer”. Palcatre lo mira
y le responde: -“Yo tengo por ahí un poquito que dejó Ruperta, lo he tenido
guardado como un recuerdo”-. Brígido responde: -“Cuánto vale? Te lo pago a
cualquier precio”-. Palcatre dice: -“Pruébalo, después te doy el precio”-.
Brígido comenzó a consumir droga y Palcatre a venderle, hasta que comenzó a llorar
por Ruperta, que se había enamorado de ella, que si yo sabía a dónde estaba.
Palcatre lo mira con ironía y dice: -“Todo lo que has hecho te va a salir muy
caro”-. Sigue vendiendo droga, entre más rato, más caro le pedía hasta dejarlo
sin un solo peso. Toda la plata se la robó Palcatre. Al ver todo ese dinero que
tenía, de una arregló maleta y se fue para El Bagre. Por allá colocó un negocio
con el dinero que se había conseguido tan fácilmente. Por allá le fue muy bien,
consiguió mucho dinero. Años después regresó al barrio en busca del hijo, pero
no lo encontró. Ruperta lo había llevado para Bienestar Familiar. Dice Palcatre
que volver al barrio fue un recuerdo hermoso, todo estaba cambiado. Lo primero
que visitó fue la virgen. Dice que todavía sigue sin lágrimas. Las aguas ya no
corren por los caminos y hasta Ruperta la he visto por ahí recogiendo papitas
en la minorista, pero todo está tan cambiado que ya ella puede disfrutar de
ellas. Ya no la hacen correr como a mí. Alguna enseñanza le dejó Palcatre en la
vida: recoger papas y el otro a tirar vicio. Palcatre dice que la mejor
enseñanza es el sufrimiento, que le quitaron lo que él más quería: su esposa,
pero que con sufrimiento consiguió lo que más anhelaba: dinero, y lo consiguió
con su propio rival, que lo que no pudo conseguir cuando joven, ahora lo tiene
todo a su antojo.
FIN
Autor: Darío Correa.
“Una de Tantas Familias Afectadas por La Violencia en
La Comuna 8”
Hace aproximadamente 25 años, se empezó a invadir todo
el sector de la Torre. Cuentan una de las primeras familiar cómo era este
sector. Ellas dicen que era un lugar muy parecido al campo, en el cual
habitaban sólo tres familias, la familia de Amparo, Rosa y Carmen.
Carmen era una madre joven, la cual se desempeñaba
como empleada doméstica y su esposo Santiago trabajaba como albañil. Era una
familia muy unida, la cual le tocaba dejar a sus hijos solos, para poder salir
a trabajar y así poderles traer alimentos para ellos. Luis era su hijo mayor,
quien se encargaba de cuidar a sus cuatro hermanos y hermanas: Aide, Albeiro,
Lina, Sandra. Así vivieron aproximadamente 6 o 7 años pero como dicen por ahí,
todo lo bueno se acaba. Pasando el tiempo, fueron llegando gente de otros
lugares, hasta que todo se llenó de casas. Ya no había seguridad, porque fueron
llegando gente muy mala, como la banda de “Los Roqueros”. Ellos se encargaban
de robar, de matar y no respetan a nadie, porque si alguien los miraba mal,
ellos inmediatamente lo mataban y se les entraban a sus casas y mataban o
simplemente abusaban de sus hijas o esposas. Así sucesivamente iban pasando los
años. Más o menos en 1990, llegaron al barrio otro grupo armado, ellos empezaron
a matar y a desterrar a “Los Roqueros”. No sabemos de dónde salieron, lo que sí
sé es que todo empeoró, porque cuando ellos llegaron, se dividieron entre
varios grupos en Llanaditas, en Tres Esquinas y en Los Mangos.
Para ese entonces ya mi hijo Luis era mayor de edad y
se presentó para prestar el servicio militar. Pasados seis meses mi hijo en el
ejército, un día salió de licencia, pero en mi casa nadie sabía, él quería
darles la sorpresa, pero la sorpresa me la dio él a mí. Cuando mi hijo llegó al
barrio, yo por casualidad me lo encontré caminando unas cinco cuadras y se nos
acercaron tres hombres muy bien presentados, y nos preguntaron que para dónde
íbamos y les contestamos que para la casa, preguntaron: -¿dónde viven?, mi hijo
contestó: -“en la Torre”-. Uno de los hombres pregunto a mi mamá, que si ella
sabía dónde quedaba Tres Esquinas, mi mamá le dijo: -“nosotros íbamos por la
parte de encima, si quieren se van con nosotros y les mostramos el camino”-, mi
mamá no sabía que los hombres llevaban otras intensiones. Cuando llegamos al
Plan, que hoy en día es nuestra escuelita, los hombres nos dijeron que si los
podían acompañar hasta más allacito, mi mamá asustada, me cogió de la mano y me
apretó, como queriéndome decir algo, pero no podía hablar. Bueno, les dijimos
cuando llegamos a Tres Esquinas; uno de los hombres le dijo a mi hijo que se
arrodillara, que lo iban a matar porque él era un soldado. Mi madre escuchó
esas palabras, no sé de dónde sacó fuerzas y le agarró la mano a ese hombre y
me gritó: -¡hijo, corra que te van a matar!-. Inmediatamente, echó a correr,
pero mientras corría, esos hombres empezaron a disparar y yo como ya tenía un
poco de entrenamiento, me salté varias planchas, pero en una de ellas me corté
mi brazo izquierdo. Como ya iba herido, más abajo, llegando a los tubos, me
alcanzaron las balas, no sé cómo en ese estado, me logré meter en un caño que
encontré tanto monte. Luego, cuando ya no encontré bulla, me salí, pero ya no tenía
fuerzas. Me senté en una banca que había en una carretera, un taxista al verme,
me recogió y me llevó a la clínica. Mi mamá angustiada, sin saber qué había
pasado conmigo, corrió hacia la casa, cuando llegó, ninguno le entendía lo que
quería decir, ella les decía: -“lo mataron, lo mataron”-, pero nadie sabía qué
quería decir, puesto que nadie sabía que él estaba de licencia. Cuando ella
logró expresar lo que estaba pasando, mi papá y mi hermano Albeiro salieron a buscarme,
pero lo único que encontraron, fueron rostros de sangre y a la gente que se le
preguntaba sólo decían que iban escuchando muchas balas y hombres corriendo
hacia abajo.
Al otro día, llamaron al batallón informando del
soldado herido y de inmediato llamaron a mi madre. Descansó al saber que su
hijo se encontraba vivo y le dio gracias a Dios, porque no había permitido que
esos hombres le quitaran la vida a su hijo Luis. Ellos no quedaron contentos,
porque seis meses después de este accidente, mi otro hijo Albeiro, quien
trabajaba como ayudante en la ruta de los colectivos. Su patrón, en ese
entonces Beto, un señor que lo quería mucho y le tenía mucho cariño porque era
un joven muy juicioso y trabajador, le dijo que al día siguiente, que era un
sábado, no tenía que ir a trabajar, que simplemente bajara a las 12 am, para
que le hicieron aseo al carro y dejarlo listo para la madrugada del domingo. Mi
hijo, como siempre tan responsable con sus obligaciones, se dirigió a su casa,
para el sábado levantarse temprano y cumplir con sus obligaciones. Se levantó
muy temprano muy animado y empezó a conversar con su papá, contándole los
planes que tenía con su hermano, que poco a poco se iba recuperando en el
batallón de Pedro Nel Ospina. Él le contaba que tan pronto cumpliera sus 18
años, se presentaría al ejército para prestar el servicio militar y así
reunirse con su hermano y juntos poder ayudarles a su mamá, para que no se
siguiera matando tanto trabajando en las casas de familia. Pero todos estos
planes y sueños fueron enterrados el día siguiente, cuando mi hijo se dirigía a
lavar el carro donde trabajaba, los hombres que meses atrás habían abaleado a
su hermano, lo estaban esperando y lo dirigieron hacia una esquina y
desgraciadamente acabaron con sus sueños y con los de mi otro hijo. Sólo sé que
mi hijo ya no está, pero que donde quiera que este, él nos está viendo y
apoyando y dando fuerza para seguir adelante ante tanta guerra y tanta maldad
que existe en este mundo.
FIN
Autora: Libia Irene Agudelo.